LOS BRUTOS INOCENTES 

Rosa Montero

El País Semanal, 11 de febrero de 2007

 


 

El otro día vi por televisión, una vez más, la estupenda película de Curtis Hanson L. A. Confidencial, basada en una novela de James Ellroy; y volví a disfrutar con la conmovedora actuación de Russell Crowe en su papel del policía Bud White, un musculoso animal a quien su superior utiliza para propinar palizas, pero que en realidad oculta dentro de su corpachón el corazón más limpio que hay en todo el film. Su mismo apellido, White, que significa Blanco, viene a simbolizar esa pureza. Es un personaje perfectamente diseñado (e interpretado) para encarnar uno de los arquetipos de hombre que nos resulta más atractivo a las mujeres: el bruto inocente. Digamos que el bruto inocente ocupa en la panoplia de tipos masculinos el mismo lugar que la rubia-explosiva-pero-ingenua en el repertorio de modelos femeninos. Vamos, que es como una Marilyn Monroe con testosterona. Un clásico del sex-symbol cinematográfico. Recordemos, sin ir más lejos, la preciosa película Johnny Guitar, de Nicholas Ray, que ofrecía, con el macizo actor Sterling Hayden, otro perfecto ejemplo de animalote de corazón puro.

Todos estos arquetipos son modelos primarios y elementales, diseños originarios que emergen del inconsciente colectivo. Los hombres llevan en lo más recóndito de sus cabezas una colección de modelos de mujer (desde la Madre Tierra a la vampiresa devoradora) y nosotras guardamos en la oscuridad del cráneo un repertorio de hombres parecido (desde el Padre Protector al chulo guapo y pérfido), y lo más curioso es que tanto a unos como a otras nos suelen fastidiar los modelos que corresponden a nuestro sexo. Por ejemplo, por lo general a nosotras nos irrita que los hombres encuentren atractivas a las rubias ingenuas, a las que nosotras solemos denominar, elocuentemente, rubias tontas. Y ellos no le ven la menor gracia al bruto inocente, que como mucho les parece un zafio borrico. “¿Pero cómo puede gustaros ese pedazo de carne?”, he oído quejarse más de una vez a mis amigos.

Y lo cierto es que es una buena pregunta: ¿cómo pueden gustarnos, a ellos y a nosotras, esos prototipos? Los mecanismos por los que se dispara el atractivo sexual son sin duda enigmáticos, pero podríamos intentar encontrar las líneas maestras de su capacidad de seducción en estos modelos que funcionan de manera mayoritaria. En las rubias tontas (perdón, ingenuas) probablemente el secreto del éxito esté en la mezcla de su aspecto de furcias con la supuesta inocencia: es como tener a una prostituta pura y virgen para ti solo. Y además dependiente, dócil y obediente. En cuanto al bruto inocente, es todo lo que nuestros genes femeninos nos incitan a pedirle a un hombre (testosterona por un tubo, músculos, envergadura, valor físico e incluso capacidad para matar), pero su pureza lo convierte en un niño, en alguien que no nos va a pegar, que no va a usar su fuerza para tiranizarnos. En ambos casos, en fin, el candor que atribuimos al arquetipo desactiva su peligro para nosotros. Son seres a los que podemos amar sin ponernos en demasiado riesgo. Lo que demostraría que, en lo más profundo de nuestro inconsciente, el otro nos da miedo, y que el sueño del amado o de la amada puede convertirse fácilmente en una pesadilla de enemigos.

 

 

Pero luego, claro, estos prototipos no son más que símbolos primarios, y tienen muy poco que ver con lo real. Y así, te pueden atraer mucho cinematográfica y literariamente los brutos inocentes, pongamos, pero luego en tu vida tal vez salgas corriendo cada vez que se acerque a ti un mastodonte que pueda parecerse a ese modelo. Porque luego, en la realidad, es verdad que los brutos inocentes son mucho más borricos y menos cándidos, y es probable que, con la convivencia, se conviertan en unos muermos cabezotas, planos y aburridos, de la misma manera que las rubias ingenuas, en el día a día, pueden transformarse en unas histéricas bobas y egocéntricas, en caprichosas tiranuelas e insoportables petardas. Los seres humanos somos demasiado complejos y contradictorios como para poder ser reducidos a ese simple garabato de personalidad que es un arquetipo. De manera que vivan los brutos inocentes, pero mejor si los interpreta Russell Crowe.