MIENTRAS SHARON STONE MIRA PLÁCIDAMENTE, los neonazis se preparan para defender el ruinoso almacén que les sirve de alojamiento contra un ejército de jóvenes vietnamitas a cuyos amigos han matado. Stone ha puesto el ojo en su líder, Hando, hace un buen rato. Desde la primera escena, este film australiano de bajo presupuesto (cuyo nombre, Romper Stomper , roza lo ridículo), está impresionada por la energía del actor que lo interpreta. Los skinheads de la película son una banda de inadaptados imbéciles que tendrían problemas para descubrir, o incluso entender realmente las horribles ideas que motivan sus violentos destrozos. Pero Hando, con el abrigo militar y pose perfecta, es sutilmente –incluso impresionantemente- diferente. El actor está retratando a un verdadero líder desplazado de lugar: una figura leal, disciplinada, incluso ligeramente paternal que, imaginamos, podría aplicar la fuerza de su personaje para alguna otra causa. El contraste entre la poderosa mirada de Hando y la desolación, ambas morales y materiales, en la que vive, es uno de los aspectos más intrigantes de la película.

En este momento, la separación de Hando del grupo es más evidente que nunca. Stone se inclina hacia delante. Mientras el resto de la pandilla se queja y desea huir de la muchedumbre sedienta de venganza que golpea la puerta, Hando permanece quieto. Se queda mirando dándoles la espalda, obligado por la fuerza de sus desorientadas convicciones para enfrentarse a ese desacuerdo. Mientras percibe esta imagen, Stone sabe que pronto estará llamando al actor que lo interpreta; esta energía es lo que ha estado buscando para el personaje de Cort en su próxima película de género, Rápida y Mortal. El film, entiende, será difícil de vender: sabe que funciona en sus propios términos, pero la gente va a pedir algo que convenza. Y este hombre, este... Russell Crowe, dice en los créditos, puede dar ese convencimiento.

Aunque hoy está intrigada, Stone no sabe que en unos años, definirá a Crowe como “el hombre más sexy que trabaja en Hollywood” y sonreirá cuando él acepte un brillante premio de la Academia. Algo más que tampoco sabe es que ahora mismo, (el futuro productor de El Dilema) Michael Mann, también está viendo a Russell por primera vez. Como Stone, Mann se está preguntando cómo y cuándo podrá figurar este poderoso actor en una de sus películas. Mann se queda a ver los títulos de crédito y anota el nombre: Russell Crowe. Sabe que no lo olvidará.

LA MULTITUD ES ENORME: mucho más grande de lo que se esperaba. Algunos de los que están en la cola van sorprendentemente bien vestidos. ¿Por qué están aquí?. La apariencia de otros es también llamativa pero no porque van bien sino porque van horribles; hay un hombre al lado de la puerta, gritándole a nadie en particular y arrancándose mechones de pelo; mentalmente está muy lejos de esa habitación donde toda la gente hace cola. ¿Cómo sabía ese individuo llegar hasta aquí?. Sin embargo, otros cumplen perfectamente las expectativas de los voluntarios: parecen tan desamparados, pacientes y amablemente agradecidos que harían una estupenda foto para un folleto de recogida de fondos.

Es la Navidad de 1993 y esta es la cola para el desayuno del Ejército de Salvación en Los Ángeles. La gente ha estado guardando cola durante casi una hora para compartir el almuerzo aquí y la larga y paciente línea es lo que Russell Crowe y Sharon Stone encuentran cuando llegan vestidos de manera informal y con gafas de sol, para ayudar a servir.

Recientemente han acabado de rodar Rápida y Mortal. Se hicieron amigos enseguida. Crowe agradeció que Stone acudiese repetidamente en su ayuda con la gente del estudio, no sólo al contratarlo sino también discutiendo en su nombre algunos cambios en el guión. (No tuvo éxito en este último objetivo; Crowe llegó al plató para encontrarse que le habían cortado una buena parte de su diálogo). Como pago, él trabajó como loco, excediendo incluso las expectativas de Stone, y mostró un inmenso respeto por todo el proyecto que era algo personal de ella.

Aunque ambos creían en él y trabajaron duro – un inteligente y particular western de tono bíblico (un hombre nunca ha pelado una manzana del modo en que aquí lo hace el diabólico Gene Hackman) – los dos acabaron desilusionados. Stone, porque el film fue recibido tibiamente por crítica y taquilla; Crowe, porque su larga estancia rodando en L.A. había llevado al amistoso pero doloroso final de su relación de cinco años con Danielle Spencer. La distancia, se habían dado cuenta, era demasiado dura. Aquel viaje en particular no fue el problema realmente, sino sólo la última de una larga serie de ausencias. Los dos se vieron forzados a aceptar que el progreso profesional de cada uno de ellos significaría dolorosas separaciones. Era un desagradable camino de dos direcciones y ambos lo sabían. Así que así es: los rápidos, los muertos , los seres queridos y los perdidos han traído a Crowe esta mañana de Navidad lejos de casa.

Aunque él se sintió realmente centrado durante todo el rodaje, Stone sabía que estaba pasando por un período difícil fuera el set. También vio lo duro que era para Crowe estar lejos de su hogar. (Incluso dejando aparte las relaciones amorosas, él dirá en una entrevista años después a Nui Te Koha del Weekend Magazine, “Es duro estar lejos de tu perro durante seis meses. Es bastante duro, tío”. Ella se había preocupado por que pudiese encontrarse solo en esa mañana y le había llamado, diciéndole que estaría de voluntaria aquí y preguntándole si le gustaría unirse. Secretamente, se sorprendió de oírle decir que sí.

Y así, los dos, cuidándose las respectivas heridas, incluso mientras aprecian que su buena suerte excede con creces la de la gente que está ahora empezando a pasar delante de ellos con platos de comida caliente, se ponen los delantales y en silencio esperan que la prensa no convierta ese simple esfuerzo en un circo de tres pistas.

ES MUY TEMPRANO POR LA MAÑANA. Demasiado temprano para Salma Hayek que ahora mismo se dirige al plató de rodaje. Terminaron tarde (otra vez) ayer y está exhausta. Rodar Breaking Up ha sido una de las experiencias más agotadoras de su carrera hasta la fecha, y todavía no están cerca de acabar. Parece que hay menos diversiones y horas más largas a cada nueva localización y no hay un final a la vista.

Sabe que no son sólo sus nervios lo que la atacan. Russell, “Bubo”, está cada vez más irritable últimamente –pero siempre es muy agradable con ella. Cada día está más asombrada por su concentración y profesionalidad; y mientras ella está cada vez más cansada, él parece aún más centrado. Ha tenido algunos prontos pero incluso éstos han sido (es un cliché, cree ella, pero esta vez se está cumpliendo) sobre diferencias creativas. Russell quiere implicación y si nadie escucha –bueno, sólo digamos que tiene la habilidad, a veces, de hacer imposible que no se le oiga. Y mientras ella tuerce la esquina de camino al lugar donde le han dicho que encontraría su camerino, se sonríe ante los episodios de furia (episodios cuyo poder y imprevisibilidad a ella, que nunca es el objetivo, le encantan como si fueran desastres naturales vistos desde una segura pero emocionante distancia). Al dar la vuelta, se queda parada. ¿Qué demonios de proyecto es éste? No llorará. No ha dormido ni una noche entera en unas dos semanas, y va a empezar otro día que sin duda durará hasta altas horas y no dará de sí lo que se supone, y esta rutina entera se extiende en el futuro durante tanto tiempo como se obliga a imaginar, pero no va a llorar. No lo hará, aunque en este momento se queda mirando a su camerino que ahora descubre que es una manta en el suelo. Después del ataque de ira y desánimo, tiene una idea: se le acaba de ocurrir que Russell, en este momento, probablemente, tendrá a algún empleado del estudio colgando por un balcón por los talones y preguntándole la definición de “camerino”. Mientras está viendo esa imagen (prácticamente puede oír cómo al chico se le caen las monedas de los bolsillos), casi siente vértigo; y una parte de él se puede atribuir a su fatiga, otra parte al placer de ver sus airados intentos de control en el plató.

Un macho diez, piensa con aprobación mientras va corriendo a encontrarse con él.

Lo encuentra enseguida, bebiendo fuerte té negro de una taza y echando un vistazo a una hoja de papel donde está el orden del día. Está sentado en una silla plegable al lado de una mesa plegable y sólo cuando se sienta frente a él, Russell se da cuenta de su presencia.

“Eh, Buba”, murmura él esforzándose por sonar amable pero claramente descontento de la mañana que lleva.

“Eh, Bubo”, le contesta. “Sobre lo del camerino...” y le ve una vena palpitando en la frente. “Uh.. ¿ya te has cabreado?”. Él levanta la vista por primera vez e incluso antes de hablar, ella sabe que la pregunta no era necesaria.

“Sí.”

“Gracias, Bubo”. La irritación que sentía antes le ha desaparecido totalmente. Si Russell se enfada, todo se hace.

Se queda mirándole fijamente mientras él sorbe de su té casi hirviendo todavía. Ummm. Seguro que no lo vuelven a hacer.

CURTIS HANSON ESTÁ EN LA SALA DE MONTAJE revisando una cinta de L.A.Confidential. El rodaje ha ido bien, pero esto de cortar y pegar es siempre una parte delicada del proceso. La gente no se da cuenta de la importancia que tiene.

“¡Dios!”, susurra Hanson. “¡Dios mío!”. Los montadores se vuelven para ver si es que se ha cortado un dedo o se le ha aparecido la Virgen.

Nada de eso. Hanson está con la mirada fija de asombro en Russell Crowe. O al menos en la pantalla donde está la imagen de la cara de Russell Crowe. Russell Crowe como Bud White. Russell Crowe como Bud White observando – e intentando contenerse, con desesperación, de estallar violentamente –un episodio de abuso doméstico. Esta imagen del rostro de Crowe acabará siendo el primer fotograma del aclamado film – y que se quedará grabada a fuego en las mentes de muchos más cinéfilos que los pocos reunidos ahora en la sala de montaje.

Meses después de este momento delante del monitor, durante una entrevista con Andy Lowe de Total Film, Hanson unirá esta sola imagen a sus sentimientos generales sobre la interpretación de Crowe en el papel de Bud White: “Con Russell, me vi frente a un actor de tal intensidad y emoción que parece una combinación imbatible. No habría comenzado así esta película si no pensara que el público vería esa cara –que la mayoría no había visto nunca- y se preguntaría: “¿Quién es ese tío?, y ¿ qué está mirando?”.

La predicción de Hanson sobre la reacción del público ante la fija mirada de Crowe fue acertada. Éste está observando fijamente a la cámara con una mirada que... ¿cómo es? ¿qué significa?.

Una cosa está clara: Crowe-White podría estallar en cualquier momento. Pero detrás de la obvia volatilidad en esa intensa mirada, están pasando muchas cosas; detrás de esos ojos hay una turbia lucha de ambivalencia y ambigüedad. Es difícil de apreciar. Es horrible. Es sublime. Es Russell Crowe en su máxima expresión.

“¡Miradlo!” exclama Hanson. “Es decir, mirad a este tío”. Los montadores lo hacen.

Crowe retira la vista.

¿SE CURARÁ ALGUNA VEZ ESE CARDENAL?

Estaba morado la semana pasada, el fin de semana parecía un poco mejor, volviéndose amarillento. Pero ahora está... Dios, está casi gris. Parece que se está haciendo más oscuro. ¿Se podría poner peor? Eso sólo tendría sentido si se hubiera caído otra vez, de lo que está bien seguro que volverá a... de acuerdo, así que la verdad es que no sabe dónde o cómo se ha caído en estos pasados días. Sabe que se ha caído –se ha caído y levantado, se ha vuelto a caer más veces de las que se ha preocupado en contar (y por supuesto, ha maldecido como un marinero todas y cada una de las veces). Pero los detalles están borrosos. En su memoria, cada día en el hielo se confunde con el siguiente. Y lo peor de todo, Crowe no sabe si el trabajo que hace cualquiera de esos días está marcando la más mínima diferencia. Medita acerca de la posibilidad de que sus esfuerzos puedan realmente ser inútiles mientras sale de la ducha y examina el enorme cardenal en su cadera ahora que lo puede ver mejor.

El caso es que en este momento, aunque el progreso desde luego va muy despacio (y aunque ahora mismo duda de que haya alguno), Russell Crowe está aprendiendo a patinar. Por supuesto, tan pronto como aceptó el papel de John Biebe en Mystery, Alaska que tendría que adquirir la ridícula habilidad de deslizarse sobre unas cuchillas en una enorme superficie oval de hielo. Y aunque los requisitos del hockey también le preocupaban algo (estaba muy seguro de que era algo innegociable dado que iba a ser una película sobre este deporte), sabía que quería para sí el papel del directo sheriff del pequeño pueblo norteño de Mystery.

Ha admitido desde un principio que la cuestión del hockey no le iba a venir de forma natural. Mientras se iba haciendo mayor, había sido un chico de cricket y de rugby australiano. Nunca había sido...- olviden lo de nunca había sido- no había oído hablar de poder ser un chico de hockey mientras crecía. No sabía que había algo así. Pero sin embargo cuando pensó en el hockey (y patinar es un requisito obvio para el de hielo) como una de las demandas del personaje de Biebe, imaginó que tendría que cogerle el truco.

Después de todo, ¿qué podría querer el hockey que Russell Crowe no pudiese darle?, ¿equilibrio? Todos los deportes, cuando te haces lo bastante bueno en ellos, necesitan de un equilibrio. Todo es sobre saber exactamente dónde está tu cuerpo, hacia dónde tiende a inclinarse (a causa de la inercia, el miedo, la fatiga, lo que sea) y si tú necesitas intervenir en la trayectoria propuesta. Crowe era un atleta; sabía que tenía equilibrio, ¿ritmo?... bueno, tenía ritmo, es decir, ¿han visto bailar a este hombre? , ¿longitud de piernas?, por favor, no le insulten con esta pregunta.

Sí, Russell Crowe se sentía seguro cuando firmó, podría aprender a patinar.

Pero eso fue hace meses. Hoy, este cardenal en su cadera (y señoras y señores, no es el único), le sugiere otra cosa. Esa enorme hemorragia interna le pregunta a gritos y repetidamente, “¿estás seguro?”.

“¡Claro que estoy seguro!”, masculla Crowe. “¿No te acuerdas de Rápida y Mortal?”

“Desde luego”, dice el moratón.

“Sí, bien, ¿recuerdas todo el puto rollo ése del viejo Oeste, los tiroteos, los pistoleros...?, le pregunta él.

“Algo”.

“Ni un doble, tío. Yo hice todo eso. ¿Quién coño sabe cómo ser un pistolero hoy en día? Yo. En cuanto tenía un descanso, cogía esa pistola y me ponía a darle vueltas, a girarla, a lanzarla al aire...”

“A tirarla al suelo”.

“¡Claro, puto cardenal!. Claro que la tiraba. Pero cuando llegó el momento de hacer esa escena en la armería, donde Cort tiene que demostrar que él es...- bueno, la cuestión, tío, que yo tenía todo completamente bajo control. ¡Que se joda la gravedad!, ¿sabes?”.

“Hummm”.

“¿Te acuerdas de cuando fui a Gales a...?”

“No”.

“Fui a Gales hace años. Necesitaba tener el acento de allí, ¿vale? Me pagué la estancia para aprenderlo y hacer el maldito papel. Y fue perfecto. ¿Sabes lo que estoy diciendo? Fue perfecto. Hasta la última frase, tío, estoy preparado para la película. No hay ni una vez en que no está preparado con lo que sea que tenga que hacer. Físico, mental, vocal, lo que sea. Si puedo ser un jodido pistolero australiano en 1993, entonces puedo patinar alrededor de una maldita pista una o dos veces”.

“Vale”.

Al final, el cardenal ganó la discusión. Crowe sí aprendió a patinar pero no lo bastante bien para sus propias expectativas. “La cuestión más clara de Mystery, Alaska, para mí,” le dijo a Francesca Dinglasan, “fue el reto físico de aprender a patinar desde cero. Empezar en noviembre, rodar en enero, aprender a hacerlo sobre hielo. Y fracasar sin remedio.”

EL HOMBRE DE UNOS 50 AÑOS VESTIDO CON BATA BLANCA Y GAFAS, que ahora está mirando en un archivador de su mesa con el ceño muy fruncido y un ligero movimiento de cabeza, ha sido el médico de la familia Crowe durante algunos años. No conoce muy bien a este hijo, el actor, pero lo ha visto lo suficiente como para saber que ese cuerpo de 120 kilos no es el que habita normalmente. “Es para un papel”, dice el chico. “Preparación física”, añade. Preparación física para un ataque cardíaco masivo, se había dicho para sí en un murmullo. El cuerpo, el médico acuña un aforismo, no es un accesorio.

Al otro lado de la mesa, Russell Crowe anota algo mentalmente: comprarse unos vaqueros más grandes. Se mueve en la silla para ajustárselos a sus ahora carnosas anchuras y oye un ligero crujido de un papel en el bolsillo de la chaqueta: la envoltura de la hamburguesa de queso que se le ha olvidado tirar a la basura. Observa la expresión de la cara del médico mientras echa un vistazo al archivo rosa, y se molesta un poco. No es que me he haya dejado llevar, piensa. Es sólo un esfuerzo deliberado para ganar peso de forma controlada para un propósito específico.

El papel de Jeffrey Wigand requiere esa carne. Crowe tiene que trasmitir una vulnerabilidad, una fláccida mediana edad que dice “¿Quién soy yo –sólo un hombre corriente, un alma solitaria- quién soy yo para enfrentar a los enormes demonios corporativos del mundo occidental?”. La psique normal de Crowe es más compatible con el mensaje de “Ah, sí, ¿el mundo occidental? ¿por qué no vienes aquí y dices eso?”.

Además, no tiene duda de que perderá ese peso fácilmente. El cambio principal que ha hecho en su modo de vida – aparte de la ingestión de enormes cantidades de comida grasa y bourbon, por supuesto- ha sido el total cese de actividades físicas. Nada de trabajar en la granja, ni fútbol ni cricket –nada. Una vez que resuma su estilo de vida, su cuerpo resumirá sus antiguas dimensiones de estás-hablando-conmigo. Seis semanas sí, seis semanas no.

El actor está cansado de esa cita. “Escucha, tío, no hay por qué preocuparse de los kilos. Una vez que acabe la película y vuelva a mover mi enorme culo de nuevo, se irán. Mientras, pisaré con cuidado entre las flores”. Crowe resopla un poco por el chiste que ha hecho.

El médico lo mira. “Ójala fuera sólo de tu enorme culo de lo que nos tuviéramos que preocupar, Russell. En realidad, tienes el colesterol de un hombre 25 años mayor que tú, con un dudoso estilo de vida. En resumen, estás en riesgo de tener un ataque masivo al corazón, entre otras cosas”.

Crowe borra la sonrisa de su cara durante un minuto. Se queda en silencio y luego, en voz baja, dice: “Jesús, tío, ¿nadie le ha dicho a mis arterias que es sólo un maldito trabajo?”. Hasta ahora no se le había ocurrido que su preparación para El Dilema pudiese tener otras consecuencias para su cuerpo aparte de las estéticas. Por supuesto, la frustración de no levantar un dedo en la granja o no poder jugar a cualquier cosa con su hermano y sus amigos, ha sido un poco irritante, pero ¿un ataque al corazón?

Cuando llega a casa 40 minutos más tarde, Terry ya está allí para comer. Se saludan y Terry ve que un papel marrón de alguna cosa se cae de la manga de Russell mientras se gira para cerrar la puerta. “¿Qué es eso, Russ?”, le pregunta señalando al suelo.

“Nada”, contesta él, cruzando el suelo de la cocina para tirar una cajita vacía de Grape Nuts en la basura.

RUSSELL CROWE ESTÁ SENTADO EN UNA ALTA SILLA GIRATORIA. Y como unos 100 kilos del mejor queso de Hollywood, se le está madurando con mucho cuidado. Este ritual de antes del rodaje, después de todas esta semanas, es familiar para todo el mundo.

El proceso es el siguiente: a una intempestiva hora de la mañana, uno de los hombres más robustos e imponentes de Hollywood (afrontémoslo, probablemente uno de los hombres más robustos e imponentes del hemisferio), entra en esta habitación y se sienta en esta silla. En el espejo, se echa una mirada a su cara perfectamente afeitada de 35 años, que en este momento está un poco más rolliza de lo habitual. De acuerdo a las formas de ser, las mareas o las condiciones celestiales, nadie más se puede imaginar o predecir, cuando Crowe se sienta cada día aquí, sonríe o lanza una mirada furiosa, o bromea o se queda como una estatua. En esta silla, puede ser tan paciente como un monje anestesiado, o estar tan agitado e indignado como un experto perro de trineo tirando de una correa.

Los artistas del maquillaje pululan alrededor de su espécimen que hoy está dócil. Cepillan, perfilan, moldean y dan sombra, intentando hacer que Crowe parezca lo contrario de lo que es: un recio australiano amante de la naturaleza. (Algunas veces se encuentran añorando un trabajo más fácil, como actualizar la frente de un Klingon o intentar hacer más jóvenes a las Chicas de Oro). Se han dado cuenta ahora de que de alguna manera, y de forma notable, el actor que ocupa este poderoso cuerpo puede levantarse de esta silla y moverse y hablar y mirar como un científico asustado y exhausto casi 20 años mayor que él. Así, todo lo que ellos tienen que hacer es asegurarse de que su propia cara no lo traicione. (¿Es demasiado tarde para trabajar como contable?). Empiezan por estar al menos dos horas todas las mañanas antes del rodaje, y sentar al Aussie en la alta silla giratoria. Y es ahí donde está cuando del productor, director y co-escritor de El Dilema, Michael Mann, entra para charlar.

Mann y Crowe se saludan afablemente. Comparten unas cuantas notas sobre cómo fue el día de ayer y cómo les gustaría que saliera el de hoy. (Este productor ya ha comprobado que no hay nada que ocurra en el set sobre lo que Crowe no tenga opinión). Mann sacude la cabeza ligeramente mientras que, a lo largo de la conversación, la imagen de Russell Crowe desaparece y aparece la de Jeffrey Wigand. La transformación ya se ha hecho familiar pero eso no hace menos extraño verle, una caricatura virtual de masculinidad, tan suavizado y disminuido cada día.

Después de revisar lo previsto para ese día, cambian de tema. Mann se pregunta en voz alta si el actor tiene ya otro proyecto en mente o sólo está planeando seguir con la apariencia que luce ahora durante un tiempo. Crowe se ríe. Mann sabe que el guión es crucial para Crowe y ambos se lamentan de los pocos guiones tan buenos como el que tienen ahora. Mientras un maquillador ajusta la fina y gris peluca en la cabeza rapada de Russell, el actor menciona unos cuantos “pedazos de mierda” con lo que ha contactado recientemente. Mann asiente y le mira con empatía. Pero cuando Crowe sigue hablando, algo le llama la atención.

“Ese tema de Roma y eso que vas a rechazar... ¿quién dijiste que la dirige?”

“¿Lo de la fiesta de las togas?” resopla Crowe. “Ah, sí. Estos tíos me llaman y me dicen, “es el año 185 a.C.; es Ridley Scott, al principio de la peli eres un general romano”. Pero ni un jodido guión, paso...”

Mann mira a Russell en el espejo. “¿Estás diciendo que no?”. Crowe se encoge de hombros. “No tengo ahora la cabeza para eso. Y sabes que tomo mis decisiones basandome en el texto. No quiero terminar en alguna película de mierda, llevando faldas y golpeándome el pecho”.

Mann mueve la cabeza de nuevo. Ha sido testigo de la concienzuda preparación del actor para este papel. Las horas pasadas viendo una y otra vez cintas del testimonio de Wigand. La casi extraña concentración. Incluso el necesario aumento de 20 kilos de peso, que muchos actores habrían considerado como una simple oportunidad para la indulgencia con la comida y la bebida. Crowe había conseguido una fiera disciplina que le decía a Mann que desde luego sí que estaba trabajando con el serio actor que había sospechado que era el que había visto en Romper Stomper y L.A. Confidential. En el plató, Crowe a veces ha sido desagradable, castigando a otros por brechas en su profesionalismo, abroncando a los colegas por no dar lo que él cree ser el nivel necesario de intensidad. Sin embargo, aunque uno puede considerar a Crowe como un tozudo, un perfeccionista, un consumado profesional o un gilipollas total, lo que no puede decirse es que sea hipócrita.

Rara vez ha visto Mann una presencia tan completa e inamovible tanto en un papel en particular como en el set. Nada de pensar en que Crowe se desinterese en ese proyecto por verse en lo que imagina que será “una fiesta de togas” de enorme presupuesto que hará Ridley Scott.

La sesión de maquillaje ha terminado. Crowe se pone las gafas de pasta y pasadas de moda y la metamorfosis está completa. Se gira para encontrarse con un de repente serio Michael Mann, cogiendo una silla.

“Sé que eliges tus proyectos cuidadosamente.”

Crowe asiente sin echarse atrás ante el repentino tono sincero de Mann.

“Y no me pareces alguien que sea un gran fan de seguir los consejos de otra gente.”

Crowe se toma ese suave comentario sin ningún humor. Mann se aclara la garganta y sigue. “Y aprecio tu concentración en este proyecto – demonios, por supuesto que sí. Es mi película.”

Crowe asiente.

“Pero si yo fuera tú, no dejaría pasar la oportunidad de trabajar con Ridley Scott.”

“Escucha tío, no estoy interesado en los flashes...”

“No estoy hablando del brillo o lo que sea que piensas – incluso del dinero- que puedo estar hablando. Te digo que en mi opinión, Scott está entre el escaso dos por ciento de directores – y quiero decir en toda la historia del cine- que realmente son maestros en su arte. Es igual de serio que tú. No tengo que decirte que eso es raro y si no echas otro vistazo a la invitación para esa fiesta, Russell, estarás cometiendo un error.”

Una larga pausa. Mann mira el reloj, después a Crowe sin atreverse a querer decir “Piensa en ello” y deja al rollizo científico solo en su silla giratoria. Crowe se da la vuelta para verse en el espejo y mira largo rato al extraño que hay ahí. Confía y respeta a Mann. No puede decir eso de mucha gente con la que ha trabajado en la industria del cine. La primera vez que había sabido que Mann era alguien de quien podría apreciar la manera de hacer cine, fue cuando los dos se encontraron para hablar sobre el guión de El Dilema. Ya tenía decidido que no era el adecuado para el papel de Jeffrey Wigand, pero quería decirle a Mann que le gustaba el guión y que esperaba que le tuviese en cuenta para otros papeles en un futuro. Entonces, igual que ahora, tenía problemas para verse en su próximo papel. Acababa de salir de L.A. Confidential interpretando a Bud White, el más duro de todos los policías duros, y el presionado hombre de familia Jeffrey Wigand parecía algo muy lejano. Incluso se preguntó si Mann no lo estaba confundiendo con alguien más cuando le pidió que hiciera el papel.

Pero cuando los dos hombres se conocieron para hablar de El Dilema, Crowe vio que había sabido exactamente lo que estaba haciendo cuando lo había llamado. Mann le explicó que no sólo lo había visto en L.A. Confidential y Rápida y Mortal sino también en Romper Stomper. En realidad, fue el retrato que Crowe hizo de Hando – y no Bud White- lo que primero le llevó a descubrir al australiano. Cuando Crowe comentó que Wigand sería un enorme, casi imposible reto físico para él, no sólo por su peso y su forma en general sino también por su edad, Mann hizo algo que él recuerda desde entonces.

“Russell, no te estoy pidiendo que hagas esto por tu edad o el porcentaje de grasa de tu cuerpo. Este papel es crucial en una película cuya calidad yo creo que es muy importante. Te estoy pidiendo que hagas el papel por lo que tienes ahí dentro”. Y le puso una mano sobre el pecho. Durante un minuto, Crowe se quedó pensativo pero luego estaba impresionado, ésa no era la típica charla de Hollywood. Ese tío iba a hacer una película seria y quería que Crowe estuviese en el centro. Los dos hablaron algo más ese día pero Crowe ya había decidido que lo haría.

Ahora, casi un año después, de nuevo está siendo Mann el que le induzca a su próximo papel. Mueve la cabeza en el espejo. Está a favor de los grandes directores, y si Ridley Scott es uno de ellos, entonces hay que considerarlo. Intenta conjurar una imagen de Scott en su mente –para deshacerse de toda la historia de sandalias, torsos grasientos y nobles mentones que le asaltan cuando piensa en la palabra Gladiator.