¡NOS VAMOS A ROMA!

Por Dove

¿NOS VAMOS A ROMA? ¡PUES NOS VAMOS!

 

«¿Nos vamos a Roma?», pregunté a mis amigos Raquel y Paco mientras nos tomábamos un café después de un agradable almuerzo, y los dos casi al unísono respondieron: «¡pues nos vamos!» Y así comenzó nuestra historia, la historia de nuestro viaje a Roma, el segundo creo, para los tres.

 

Yo ya había estado hacía nueve años cuando me casé y para Paco ya era la segunda vez que iba a visitar la ciudad, lo que además fue muy reciente: él estuvo en el jubileo, mientras que Raquel también la visitaba por segunda vez.

Nuestra decisión era firme y comenzaban los trámites de billetes, alojamiento y demás, pero eso no nos importó porque deseábamos ir a Roma y lo íbamos a hacer en la primera semana de enero de 2002. La decisión de ir fue en noviembre -creo recordar- del año anterior.


El primero de año lo pasábamos allí y estábamos muy emocionados, la verdad, al menos yo, que tenía unas enormes ganas de volver.

Cuando se lo dije a mi marido se quedó un poco flipado, aunque conociéndome tampoco se sorprendió demasiado. Él sabía lo mucho que yo deseaba ir a Roma de nuevo –tiré la monedita a la Fontana de Trevi cuando fui por primera vez; después de nueve largos años, veía la segunda oportunidad de volver a tirar la moneda para regresar una tercera. Lo que ocurre es que la primera vez la visité en agosto con un calor achicharrante, y ahora lo hacía con un frío húmedo que me caló hasta los huesos.


Frío y calor, calor y frío, ¿qué importa estando en Roma? Además, tengo una muy buena amiga que lleva viviendo allí muchos años, casada y con hijos, y que siempre me ha dicho que vaya en primavera o en otoño, que la primavera romana es la más bonita del mundo y, claro, yo ya he estado en verano y en invierno y me falta ir en primavera y en otoño, pero no me preocupo demasiado ya que ¡todo se andará!


Me sentía especialmente excitada porque mis amigos y servidora formamos la  peña “Gladiator”, sí, como lo leen, y claro, había que ir a Roma a plantarse frente al Coliseo y rendir homenaje a Máximo Décimo Meridio, que la espichó allí, sobre la ardiente arena, el pobre. Precisamente lo comentamos, y como los tres estábamos y estamos  abducidos por la película y por el personaje, nos entusiasmamos más y nos alegramos de poder hacer realidad una ilusión que, en el fondo, los tres teníamos pero que no había salido a la luz aún.

 

Así que llegó el día -o la noche- para ir al aeropuerto de Barajas y embarcarnos con destino a la Ciudad Eterna, la de los Césares, la de los Papas, la de los palacios, la de las fuentes, la de las ruinas imperiales, la de las iglesias  monumentales.


Mientras íbamos José, mi marido, Raquel, Paco y yo en el avión, empecé a recordar cuando estuve aquel agosto del 93 la primera vez y recorrí con la memoria el recuerdo y el corazón de todos los lugares que vi durante los tres días que duró nuestra visita.


Entonces yo estaba recién casada y tenía una ilusión muy, muy grande por ir allí. En mi viaje de novios en el 92 estuve en Grecia: Atenas y el Peloponeso, que así se enunciaba el viaje, y en el 93 era Toda Italia, creo, no estoy segura, pero era algo así.


Y Roma, una ciudad de la que tanto había leído, de la que tanto había escuchado hablar, de la que tantas postales, fotos, películas y cuadros había visto. Una ciudad por la que siempre he sentido algo muy especial, iba a verla de nuevo, bueno, si no toda, una buena parte, no en vano íbamos a estar cinco noches más los tres días que estuve anteriormente.


Bueno, ya sé que no es mucho pero a mí me dio tiempo a ver bastante, quizá más que otros visitantes, y había citas ineludibles que de ninguna manera  iba a dejar pasar. Citas como el Coliseo, los Foros Imperiales, el Capitolio, el Castillo de Santangelo, la plaza de España, la plaza del campo de las flores, el Trastévere, el barrio medieval, el arco de Octavia, la plaza Navona, iglesias como la  de Sant Andrea de La Valle, Santa Agnese in Agone, Nuestra señora del Ara Coeli. Volvería a ver San Pedro y, sobre todo, la maravillosa “Pietá” de Miguel Ángel dentro de su urna de cristal, y volvería a emocionarme contemplándola con lágrimas  en los ojos.


Además de las visitas obligadas, había una excursión a la que nos apuntamos José y yo: Villa Adriana y Villa Tívoli, que  no conocíamos.


Pero vamos por partes. Nada más llegar al aeropuerto de Fiumicino y esperar un poquito, vino a buscarnos un empleado de la empresa por la que contratamos el viaje: Marco Antonio, ¡toma ya!, la primera en la frente. Recorrimos la distancia obligada hasta el hotel, que estaba situado muy cerca de la preciosa Fontana de Trevi, a unos cincuenta metros, y Antonio, como quería que le llamásemos, empezó a hablarnos de Roma y no recuerdo cómo salió el tema de la película Gladiator y Raquel y yo empezamos a hacer aspavientos, a suspirar y a chillar.


El conductor estaba alucinado y se reía con nuestros comentarios. Nos dijo que en Roma adoraban esa película y que el personaje de Russell Crowe era muy querido y estimado por los romanos porque había devuelto la dignidad a las películas de ese género, y que deberíamos estar muy orgullosos porque Máximo era hispano, de Hispania, Trujillo, Emérita Augusta, extremeño para simplificar; y nos dijo que por tener buen gusto nos llevaría despacio para ver la muralla Aureliana, la pirámide de Cesto, el antiguo circo de carreras, la parte trasera del Palatino, la iglesia de Santa María in Cosmedim con la famosísima Bocca de la veritá.


Nosotras estábamos tan entusiasmadas, complacidas y agradecidas por la atención de Antonio que no hacíamos más que pegar botes en nuestros asientos y gritar cuando nombraba a Máximo, el Coliseo, o la columna de Marco Aurelio. Cuando llegamos se despidió de nosotros y nos deseó una feliz estancia en Roma. Nosotros nos preparábamos para “conquistarla”, pero Roma nos había conquistado ya más que de sobra.

 

Hicimos muchas visitas, paseos, charlamos y compartimos momentos muy emocionantes viendo el Coliseo, retorciéndonos de gusto porque había frente al Coliseo una posada que se llamaba Il Gladiatore, retratándonos frente a la magnífica edificación, los Foros, el Capitolio, la estatua ecuestre del emperador Marco Aurelio, junto a la que me hice un montón de fotos a las nueve de la mañana con casi nadie en la plaza, con el libro de “Las Meditaciones” del ínclito emperador en mis heladas manos y con un frío de mil demonios.


Fuimos andando hasta la ciudad del Vaticano en otro de nuestros largos paseos, entramos mi marido y yo antes en el castillo del Santo Ángel y yo, con mi megalomanía a cuestas, imaginado los últimos momentos de la vida de Mario Cavaradossi, el héroe infortunado de la célebre ópera “Tosca”, frente al pelotón de fusilamiento y a esa Tosca desesperada, engañada y dispuesta a morir lanzándose hacia el Tíber desde la famosa estatua del Ángel en el último acto.


Las maravillosas vistas de toda Roma con el Vaticano a nuestra derecha nos impresionaron y tuvimos suerte porque era un día despejado y bonito, a pesar del frío que hacía.


Hicimos unas fotos estupendas. Después fuimos a buscar a Paco y a Raquel y caminamos hasta el Vaticano, entramos en la basílica y volví a llorar ante la Pietá. Recorrimos toda la iglesia y nos fijamos en mil detalles, estatuas, inscripciones, sarcófagos con papas yaciendo por los siglos de los siglos allí, el grandioso baldaquín de Bernini, y al salir nos dirigimos al puente de los ángeles cruzando el mítico Tíber.


En la plaza Navona estuvimos toda una tarde al calor de una estufa en una de las cafeterías frente a la fuente de Neptuno viendo y observando cómo cambiaba el color de las paredes de los edificios renacentistas de la plaza. Fue una grata experiencia, así como nuestra visita al Trastévere, frente a la sinagoga, las callejuelas, el arco de Octavia y la plaza del campo de las flores, antiguo mercado medieval que estaba aquella tarde cubierto de restos de verduras, cajas, gente recogiendo los puestos y esa estatua del  desdichado Giordano Bruno, que fue quemado en la hoguera por la temible Inquisición justo en ese lugar.


Visitamos casi de noche la Plaza de España y entramos en el Café Greco encontrándonos como en otro mundo. Con mi amiga romana fuimos José y yo a tomar un café y a Largo Argentina con sus ruinas de templos, a la iglesia de San Andrés del Valle para rememorar el primer acto de Tosca y su célebre “Tedeum”. Volví a emocionarme. Y a recorrer la plaza del Popolo, el Quirinal, el Belén de la Escalinata de la Trinitá dei Monte y pasear por los alrededores.

El sábado mi marido y yo fuimos a la Villa Adriana y a la Villa Tívoli y todo era casi para nosotros: palacio y jardines, ruinas e historia. Un magnífico guía y una magnífica visita que nos entusiasmó. Tuvimos suerte: el día fue espléndido.


En nuestra visita al Panteón de Agripa admiré de nuevo su arquitectura y admiré de nuevo a Rafael, el gran pintor renacentista. Volví a sentir que mis ojos se humedecían. Él está enterrado allí.


El domingo, un día antes de volver a Madrid, fuimos al mercado de Porta Portese y nos perdimos entre los puestos, comprando cosas curiosas, viviendo la esencia de Roma, por así decirlo, entre los comentarios, gritos y jaleo de las gentes de ese abarrotado mercado.


¡Ah, que se me olvidaba! Frente a la impresionante columna de Marco Aurelio volvimos a recordar al emperador, la película y a Máximo, y frente a la Fontana de Trevi lanzamos nuestra moneda sabiendo que más tarde o más temprano volveríamos a Roma, que Roma estaría esperándonos como ha esperado a cientos y miles de personas que han llegado y se han rendido ante la grandiosidad, ante la fuerza de su historia, ante su impresionante arquitectura, ante su imperecedero arte.


No sé cuánto tiempo tardaré en volver, pero me gustaría que fuera en primavera con el color de las azaleas en la plaza de España junto a mi querida amiga que siempre me invita a pasar unos días junto a mi marido, que es un santo y tiene mucha paciencia conmigo.


«Roma es la luz», decía Russell Crowe en Gladiator. Roma es la ciudad que más me ha hecho sentir emociones diversas e incluso contradictorias.

En cada piedra, en cada ruina, en cada iglesia, monumento, fuente, palacio, edificio, esquina o rincón hay una historia que contar.

 

María Paloma Muñoz