ALGO EXTRAORDINARIO FUE POSIBLE

 

Hace ya varios días desde ese 28 de abril de 2010 que, muy de seguro, permanecerá en mi recuerdo de por vida.

 

El día había comenzado con la ilusión de poder ver a Russell Crowe, aunque fuera unos segundos y desde lejos, en el photocall para la presentación de la película de Robin Hood. Sabía que iba a ser muy difícil y que las probabilidades eran muy pocas; pero no hay muchas ocasiones en las que se presente una oportunidad de este tipo y el intentarlo, pese a todo, era algo que no podía dejar de hacer.

 

Y así, con esa ilusión y nerviosismo, fue avanzando el día hasta que ya por fin, sobre las 15:30 más o menos, pude encontrarme con algunas de mis amigas (y con nuevas personas) quienes, a su vez, compartían la misma ilusión que yo. Tras las presentaciones y un resumen de lo acontecido hasta entonces en el lugar, pude saber que habría muchas más dificultades de las que había imaginado puesto que el lugar del Hotel Villamagna en el que se realizaría la sesión de fotos estaba completamente tapado y, tratándose de un hotel, había muchas medidas de seguridad. Muy ilusionadas aún y antes de que fuera la sesión de fotos, conseguimos (¡gracias por vuestro desparpajo, Mariola y Seira!) que un miembro del equipo de producción aceptase y se ofreciese a dar una nota para Russell donde le comentábamos nuestra presencia fuera del hotel. Nunca sabremos si le fue entregada o no, más aún teniendo en cuenta todas las pegas, informaciones contradictorias y demás pormenores que vivimos en aquella tarde de Madrid. Calurosa a ratos, templada a otros y emocionante en todos los sentidos.

 

Tarde descrita por Russell, por otra parte, con las siguientes palabras:

"Madrid. nice and hot like a Sydney summer day, guess what though? Inside again. Had a great walk this morning, George V to Sacre Ceour."

"Intervw's over Hiring motorscooter Spectacular day here in Madrid not sure Sydney's climate without access to beach's though Inter v Barca?"

Algunas de las chicas que allí estábamos ya habían podido disfrutar de la presencia de Russell en alguna ocasión anterior o ese mismo día, cuando éste llegó al hotel y les envió un saludo desde el coche. Y a mí no me faltaría mucho para poder vislumbrarle un poquito durante el photocall. Para mí, era la primera vez que asistía a un evento de este tipo y nunca antes había tenido ocasión de ver a Crowe pese a anteriores visitas (pocas) a España.

 

En torno las 16:00, como estaba previsto (tal vez unos minutos más tarde, pero tampoco muchos) comenzaron a oírse los flashes de las cámaras, las peticiones de los fotógrafos, etc. Una algarabía de gritos inundaba la zona y por una esquina de verja, entre arbustos y decorado, Mariola, Dove y yo nos acercamos para tratar de ver algo. Parecía que no había mucha posibilidad y me incorporé para atender las dudas de una transeúnte que quería saber qué sucedía y que finalmente resultó ser bastante molesta.

 

Supongo que apenas habrían pasado un par de minutos cuando un grito de mi amiga Dove me hizo reaccionar no para volver a la realidad, sino para introducirme en un sueño del que no conseguiría salir hasta mucho más tarde: el sueño de ver a Russell Crowe.

 

-         “¡Russell, Russell!”

 

Por entre los arbustos habían podido verle. Me acerqué a ellas veloz y traté de identificarle entre todo el personal que allí se amontonaba por ese pequeño resquicio de visibilidad en la verja: “alguien con traje, a lo lejos, se está yendo”, iban describiendo ya no sé si sólo Dove o también Mariola. Sólo sé que me contagiaban de emoción y que pude llegar a vislumbrarle, a lo lejos, adentrándose de nuevo en el hotel.

 

Unos segundos y ya estaba emocionada. Contagiada más aún de ilusión, de sueño y de una sensación de que verle quizá un poquito más, tal vez al abandonar el hotel, podría hacerse realidad.

Periodistas afortunados salían del evento comentando sus impresiones. Algunos nos regalaron sus pases de entrada de recuerdo, otros nos indicaban que allí no veríamos de nuevo a Russell y nos invitaban a acercarnos a la puerta principal del hotel, donde también se quedarían ellos a la espera de alguna nueva imagen del actor, y otros comenzaron a mirarnos del modo negativo con el que después nos sentimos observadas y tratadas por otras tantas personas durante la tarde: ojos irrespetuosos y burlones que, quizá debido a la gran ilusión que me invadió, iban resbalando y desvaneciéndose en la nada frente a la idea de que, de alguna forma, podría sacarle una foto a mi actor preferido, o sencillamente verle de forma fugaz.

 

Para mí merecía la pena intentar ver a la persona con cuyos personajes, tanto en la gran pantalla como en la pequeña, he disfrutado y pasado horas de felicidad y por medio del cual había conocido a un puñado de personas maravillosas a las que, pese a la distancia en muchos casos, puedo llamar amigas.

 

Ya en la puerta principal se produjo el encuentro con otro grupo de nuevas personas y, sobre todo para mí, con personas a las que hacía mucho que no había visto. Especialmente me emocionó volver a ver a Caliope, a la que después de tantos años, tenía muchas ganas de dar un abrazo. No sería el único en aquella fantástica tarde.

 

Las horas fueron pasando entre emociones de todo tipo: desde la rabia por algunos comentarios a la sensación de complicidad con algunos fotógrafos pasando por las risas entre nosotras al ir contándonos cosas y retroalimentando las unas a las otras la ilusión, los nervios cada vez que uno de los coches de la Universal se movía, las miradas constantes a cada uno de los movimientos que se daban en la puerta principal y que sólo nos dejaban ver abandonar a los entrevistadores que habían tenido la suerte de pasar unos minutos con él; y un sin fin de sensaciones más.

 

Allí estábamos un grupo de personas, no más de 15, haciéndonos fotos, riendo, esperando y... poco a poco, también desesperando. No sólo no aparecía Russell por ninguna parte pese a que los primeros periodistas que nos hablaron comentaron que no saldría muy tarde de allí y que de hecho, no estaría alojado en dicho hotel; sino que empezaron a bailar informaciones contradictorias por parte del personal de la zona relacionado, de algún modo u otro, con el evento. Tanto, que hasta los fotógrafos, acostumbrados a estas situaciones, también empezaron a dudar de que Russell permaneciese en el hotel una vez que varios coches de la productora abandonaron la zona (sin él, pero como el hotel tenía diversas salidas, todo era posible).

 

Empezaron a sucederse las despedidas y si bien las Coca-colas, cervezas y agua que trajo Seira para que nos pudiéramos refrescar (¡nos moríamos de sed!) sacaron otro puñado de risas, las horas de espera hicieron mella y las obligaciones diarias para unas y la finalización de transportes para quienes habían venido desde fuera de Madrid hicieron que poco a poco, en la zona, sólo nos quedásemos Caliope, Mariola y yo.

 

La situación era un tanto desesperanzadora porque a esas alturas no sabíamos ni siquiera si estábamos esperando la salida de alguien que ya no permanecía allí. Pero dentro de mí pensaba: “¿Serían tan crueles los miembros del hotel de vernos allí y no decirnos nada si ya se hubiese ido? ¿A quién esperaban los coches de la productora que aún permanecían en el lugar?” Y no sé por qué, imbuida aún en el sueño y la ilusión, insistí a las chicas para que esperáramos un rato más. ¿Qué habría que perder?

 

He de decir que agradezco muchísimo que permanecieran conmigo, que no se dejasen derrotar y que permitieran que, pese a todo, un poquito de esperanza nos acompañara. Sin ellas esto no habría pasado. Allí teníamos las fotos que nos había regalado Seira para deleitarnos con “El hombre” y, por qué no, tiempo para nosotras: para compartir lo que la distancia y ocupaciones no nos permiten en otras ocasiones.

 

En base a los comentarios de los fotógrafos y conocedoras de sus aficiones deportivas, pensamos que era posible que Russell estuviera viendo el partido de fútbol entre el Barça y el Inter y decidimos dar un poco más de plazo, decisión que se vio reforzada por las palabras del director del hotel quien, si bien nos aseguró que él permanecía en el hotel, indicó que las probabilidades de verle eran tan escasas que lo mejor que podríamos hacer era irnos a casa.

 

“¡¡Daríamos toda la pena del mundo ahí esperando pero al menos, ya no esperábamos a un fantasma!!”, pensé.

 

Y así, empezamos a pasear por la zona, imaginando que aún podría darse un golpe de suerte y dándonos ánimos y razones para convencernos de que merecía la pena permanecer allí.

 

Y la mereció.

No sé ni qué hora era cuando, con la guardia baja, mientras íbamos paseando por la acera del hotel, vi una furgoneta oscura con las ventanas tintadas. Recuerdo ese momento como si ésta fuera a cámara lenta, pero sé que no lo hacía porque, cuando fui consciente de que allí iba Russell y le había visto asomarse, ya sólo podía ver la parte trasera de la misma. Empecé a describirles a las chicas la furgoneta mientras en mi cabeza se formulaba la pregunta: “¿No irá aquí Russell?”

 

El brazo que asomó por la ventana del copiloto, el rostro que apareció y el grito de Mariola: “¡Russell, qué cabrón!”, dio respuesta afirmativa a mi duda y no pude más que volver a describir la furgoneta, sin dejar de mirarla, viendo cómo se marchaba... ¡Hasta que la vi aparcar! No podía creérmelo. A lo mejor podríamos acercarnos al coche y nos saludaría. Y eché a correr hacia el mismo cuando vi que la puerta se abría y de él salía El Hombre. Porque en ese momento, vi la imagen que en fotos había visto tantas veces: vaqueros, sudadera oscura de los South Sydney, pelo corto (¡guapísimo!), alto... Porque en ese momento no vi a los personajes que me han ido regalando trocitos de felicidad: ni Bud, ni Nash, ni Sid, ni Cort, ni Ben... ni ningún otro. No estaba ante ningún personaje, sino ante el hombre auténtico; no ante una foto, sino ante la persona real. Tenía delante a Russell Crowe. Y estaba haciendo realidad una ilusión, un sueño que tenía desde hacía muchos años: desde que apenas era una niña que estrenaba su juventud.

 

Me acerqué y le saludé. El inglés y el castellano se peleaban en mi cabeza intentando pensar y formular alguna frase y sólo pude decirle “Hi” varias veces. Me dio la mano (fuerte, firme y suave; abarcando completamente la mía), me preguntó qué tal estaba y mi nombre. Intenté responderle que “bien” en inglés, pero me temo que sonó casi como si le saludase de nuevo, pues me había emocionado tanto que me costaba conseguir hablar, y más aún en un idioma que no es el mío. Y yo, que estaba feliz al escuchar y reconocer su voz (¡qué bonita voz! Sonaba más linda que en las películas, más que en las canciones en las que sientes que casi está susurrando) quedé montada en una nube cuando le oí repetir mi nombre. En ese momento volví a ser consciente de que conmigo estaban Caliope y Mariola, a quienes también saludó, preguntó cómo estaban y sus nombres.

 

Recuerdo cómo Caliope dijo su nombre acortado, no completo, y me hizo sonreír (si es que se podía sonreír aún más) porque era la primera vez que yo se lo oía decir así. Nos pidió algo para firmarnos, pues nosotras apenas reaccionábamos ya que aquello fue inesperado. Empecé a buscar un boli pero Caliope llevaba un rotulador fantástico para estas cosas (yo, que no estoy acostumbrada a esto, no llevaba nada decente para que me hubiera hecho una firma) y él cogió una de las fotos que tenía en la mano: las fotos que me había regalado Seira (nunca podré agradecerle lo suficiente el regalo y su insistencia en que me las quedara) haría algo así como una hora antes (de un álbum precioso que, hasta el momento en el que se fue, estuve acariciando, mirando y remirando, intentando mantener con ello la ilusión y recordándome por qué estábamos allí).

 

Firmó en una zona oscura de la foto y continuó firmando a las chicas. Regresó a mí y cogió la otra foto que llevaba en mi mano. Al ir a firmar, le cogí la foto intentando explicarle, como buenamente pude, que prefería que firmara por la parte de atrás para poder ver bien la firma, ya que aunque esa foto tenía más zonas claras que la anterior, probablemente volvería a suceder algo similar. Me recuerdo ahora y no sé cómo se me ocurrió cogerle la foto que iba a firmarme y corregirle.

 

Me río con ello. Es algo que, de no haberse dado la situación de la forma en la que se dio, dudo mucho que hubiera podido pasar. Mientras esto sucedía, Caliope le indicaba cuál era su nick en el Twitter, puesto que nosotras nos presentamos con nuestros nombres reales (bueno, al menos Cali y yo, ya que aunque en ese momento yo no me di cuenta, Mariola cuenta que se quedó sin palabras y no pudo decirle ni su nombre; tal era la emoción que teníamos) También le dio un libro de Gaudí que se estaba leyendo. Él le preguntó si estaba segura de que eso era un regalo para él. Yo le insistí en que sí: “It’s a present for you, Russell!” mientras que me giraba hacia Caliope y le preguntaba si en serio era un regalo para él, ya que de aquello no habíamos hablado en toda la tarde. Sabía que Seira quería darle unas gafas de sol (que por desgracia, no pudo darle: le pusieron pegas por razones de “seguridad”), pero no sabía nada sobre un libro. Así que, mientras teníamos a Russell delante, yo me dirigí hacia Caliope para consultarle, pero estaba tan centrada en Russell que ni siquiera me pudo responder (o tal vez yo, con la emoción, no la oí). Supongo que poder despegar un momento los ojos de Russell y dirigirme a mi amiga fue posible porque en cierto modo, Russell transmitía mucha calma y tranquilidad, como si no tuviera prisa. Seguramente la tendría y le apetecería hacer sus cosas, sus planes. Incluso a mí me dio la sensación de que tenía algo de cansancio encima aunque luego se fuera a pasar la noche por Madrid. Pero su actitud me transmitía tranquilidad, calma, serenidad. Empecé a notar algunos flashes alrededor, que me pusieron algo nerviosa por pura timidez propia y entonces llegó el momento de la despedida. El cuerpo me pedía a gritos lanzarme a darle un beso o un abrazo. Pero con las cámaras allí, algo me frenó y, después de dudar y temblar, le lancé el beso al aire, acompañando el gesto con toda la alegría que llevaba dentro y con una sonrisa de oreja a oreja; y creo que conseguí darle las gracias, aunque fuera con un hilillo de voz. Espero que lo escuchara.

 

Con todo, y pese a que de mi muñeca colgaba mi cámara, lo de pedirle una foto con nosotras ni se me ocurrió en ese momento por lo que la presencia de los fotógrafos y la posterior publicación de una de las imágenes tuvo también su lado positivo.

 

Y de esta forma, radiantes de alegría, vimos cómo se metía en el coche y se alejaba. Y empezamos a caminar hacia el lado contrario, mirando las fotos firmadas que teníamos cada una. A paso ligero, alucinadas.

 

Y entonces, no sé por qué, pero es lo que me pidió el cuerpo hacer (y esta vez, sin cámaras cerca, sí lo hice), cogí la mano de Caliope, la puse sobre mi pecho, donde el corazón me latía de forma veloz y nos fundimos en un abrazo llenas de emoción. Y en ese momento sentí que aquella experiencia había sido de verdad, que el sueño en el que entré por la tarde, tras el photocall, cuando apenas pude vislumbrarle, se había hecho realidad y yo me sentía muy, muy feliz. Y, a partir de ahí, las tres nos convertimos en una fuente de alegría y gritos que se iban confundiendo, en plena Castellana, con los que salían de los coches en relación al partido de fútbol de aquel miércoles. Yo con Mariola, Mariola con Caliope, Caliope conmigo... Así durante un rato.

 

Después, aún nerviosas y emocionadas (Caliope no quería ni tocar la foto por si la tinta no se había secado y se estropeaba la firma) llamamos a Seira y a Dove, que creo que sólo escucharon frases inconexas y llenas de emoción de una y otra de nosotras y yo llamé a un amigo mientras nos hacíamos fotos junto a un cartel promocional de la película.

 

La casualidad quiso que, pocos minutos después, pasara de nuevo por la zona el director del hotel, al que agradecimos aquella brizna de esperanza y que pareció alegrarse también por nosotras, pues habían estado viéndonos todo el día allí, esperando.

 

Cuando nos separamos, apenas acertaba a buscar un autobús que pudiera llevarme a casa, y pedí un taxi. Y antes de llegar a algún lugar más conocido para poder tomar un autobús a mi casa, llamé a Irakio. Quería compartir el momento con una buena amiga. Y además con una amiga a la que no hubiera podido conocer si no hubiera sido por Russell y por los foros donde tantos años hemos estado compartiendo experiencias. Y empecé a contarle cómo el tiempo se detuvo para mí, cómo me llené de emociones positivas, lo grande que él me pareció, lo guapo, lo amable que había sido con nosotras, lo mucho que me gustó su voz (¡¡qué voz!!)... Y toda la emoción que sentía.

Y es que a fin de cuentas, más allá de nuestra idealización, él es un hombre, un ser humano que tendrá, como todos nosotros, sus virtudes y sus defectos y con el que nos alegramos, disgustamos, desesperamos, ilusionamos y demás emociones que experimentamos cuando leemos cosas relacionadas con él. Alguien a quien “creemos conocer” sin “conocer” y que ese día se mostró cercano, como una persona más, sin el distanciamiento propio que muestran muchos famosos.

 

Y supongo que lo mágico, lo que le hizo brillar, lo que me cautivó, fue que precisamente no parecía una “star system” y sin embargo, no decepcionó en nada toda esa ilusión que, por lo menos yo, y supongo que también cada una de vosotras, día tras día vamos depositando en él y nos hace verle de un modo especial y diferente de otras personas.

 

Porque la estrella se hizo cercana y lejos de perder su luz, brilló con más intensidad.

Aquella noche, tres personas tuvimos la suerte de pasar unos minutos con él. Y de hacerlo en una situación privilegiada: sin masas, con tranquilidad. Russell estuvo ahí para nosotras. Y fue todo un detalle que de verdad le agradezco.

 

Pero la tarde, el día, fue de todas. No sólo de las que estuvimos allí, sino también de quienes día tras día, a lo largo de estos muchos años, han ido participando en los foros recopilando y compartiendo información (sin la cual, yo apenas le podría seguir), alimentando la ilusión por “El hombre”, etc. Todos, desde quienes no pudieron ir pero nos deseaban ánimo y suerte para el día mientras esperaban nuestras noticias, hasta quienes estuvieron allí pero no pudieron disfrutar hasta el final, forman parte de este día y de esta experiencia.

 

Aunque esa misma noche relaté mis sensaciones en los foros y en esta semana he ido añadiendo cosas, he tardado un poco en redactar la experiencia tal como me habéis pedido por mi falta de costumbre en hacer algo así (cada vez que comenzaba a escribir tenía la sensación de estar analizando cada parte como en la autopsia de un CSI, de manera que sentía que se perdía lo bonito que yo viví ese momento) y porque me da cierta timidez explicar, para poner en internet y de forma extensa, ese conjunto de sensaciones y emociones propias que fluyeron por dentro para tan solo unos minutos y que seguro que no consigo expresar con las palabras adecuadas.

 

Aún así, he querido hacer esta redacción para todas vosotras y regalaros este trocito de intimidad para dedicároslo y para desear que algún día seáis vosotras quienes podáis vivir esta experiencia. No sé si con Russell o con alguna otra cosa que deseéis con mucha fuerza.

 

Porque los sueños pueden hacerse realidad y porque, si crees en ello, “algo extraordinario puede pasar”.

 

Mi cariño para todos y en especial para Mariola y Caliope. Sin vosotras, sin vuestros abrazos, sin las llamadas de teléfono y mails posteriores; si no hubierais estado allí, esto ni habría sido posible ni habría sido tan bonito.

 

Agnes